Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Que nunca intentaré olvidarte, y que si lo hiciera, no lo conseguiría. Que me encanta mirarte y que te hago mío con solo verte de lejos. Que adoro tus lunares y tu pecho me parece el paraíso. Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.
Meritocracia
Específicamente, en términos de fuerza de trabajo, si tenemos una “vía libre a los talentos” (una de las consignas nacidas en la Revolución Francesa), es probable que coloquemos a las personas más competentes en las funciones profesionales que, en la división mundial del trabajo, mejor convengan a sus talentos. En efecto, hemos desarrollado todo un conjunto de mecanismos institucionales (enseñanza pública, función pública, normas contra el nepotismo) cuyo objeto es establecer lo que hoy llamamos sistema “meritocrático”. Por otra parte, la meritocracia sería no sólo económicamente eficaz, sino también un factor de estabilización política. En la medida en que existen desigualdades en la distribución de recompensas en el capitalismo histórico (al igual que en los sistemas históricos anteriores), el resentimiento de quienes reciben recompensas modestas con respecto a los que las reciben más importantes sería menos intenso al justificarse tal desigualdad por el mérito y no por la tradición. En otras palabras, se piensa que la mayor parte de la gente consideraría más aceptable, moral y políticamente, el privilegio adquirido mediante el mérito que el adquirido gracias a la herencia. Esta sociología política me parece discutible. Diría incluso que lo cierto es exactamente lo contrario. Aunque el privilegio adquirido mediante la herencia ha sido aceptado, al menos en parte, durante mucho tiempo por los oprimidos, sobre la base de creencias místicas o fatalistas en un orden eterno que, al menos, los instalaba en la comodidad de la certeza, el privilegio adquirido por una persona que se supone más inteligente y, en todo caso, más instruida que otra es sumamente difícil de admitir, salvo por la minoría que, efectivamente, trepa ya por la escala. Nadie mejor que un “yuppie” para amar y admirar a otro. Los príncipes, al menos, podían parecer figuras bondadosamente paternales, pero un “yuppie” nunca será más que un hermano superprivilegiado. El sistema meritocrático es uno de los menos estables políticamente, y es precisamente esta fragilidad política la que explica la entrada en escena del racismo y el sexismo.
Balibar, É. y Wallerstein, I. Raza, nación y clase.
-¿Respondió?
-Una sola palabra: “Nada”.
-Es inquietante.
-Vamos, todos los jóvenes son así.
-Por supuesto, la edad barre con todo.
-¿Os parece?
-Esperemos que olvide.
-¡Claro! Por una que se pierde, se encuentran diez.
-¿De dónde sacáis que se trata de amor?
-¿Y qué otra cosa puede ser? De todos modos, afortunadamente, las penas no son eternas. ¿Sois capaz de sufrir más de un año?
-Yo no.
-Nadie tiene ese poder.
-La vida sería imposible.
Caligula, fragmento
A veces no estamos donde ni con quien queremos.
Y a veces no nos bancamos estar en ningún lado.

¿Qué pienso del amor? - En resumen, no pienso nada. Querría saber lo que es, pero estando dentro lo veo en existencia, no en esencia. Aquello de donde yo quiero conocer. (el Amor) es la matería misma que uso para hablar (el discurso amoros). Ciertamente se me permite la reflexión, pero como ésta reflexión es inmediatamente retomada en la repetición de las imágenes no deriva jamás en reflexibilidad: excluiso de la lógica (que supone lenguajes exteriores unidos a otros), no puedo prentender pensar bien. Igualmente discurriré bellamente sobre el amor a lo largo del año, pero no podré atrapar el concepto más que “por la cola”: por destellos, fórmulas, hallazgos de expresión, dispersados a través del grano torrente de lo Imaginario; estoy en el mal lugar del amor, que es su lugar deslumbrante: “El lugas más sombrío -dice un proverbio chino- está siempre bajo la lámpara.”
—Roland Barthes



